Tras las huellas de las nieves

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A medio camino entre las nubes, los frailejones, los manantiales de agua termal y la cordillera central, incrustada en un frío sepulcral y una neblina sempiterna, ahí está la casa de esta señora de quien por culpa de esta memoria no recuerdo su nombre, pero a quien vamos a llamar Ana, de tez oscura, de arrugas talladas por el viento, el frío y los años; Ana, ataviada de un saco de lana, pantalones raídos botas de caucho y mirada uraña, nos recibió con la cautela de quien sabe cuidarse de los extraños.

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Ana junto a su esposo e hijo, que cuando pasamos por allí no estaban, vive en una casa oscura, y además sin energía, para donde se mire alrededor no hay señas de otras personas mas que las que se intuyen por los caminos que se pierden ladera abajo, ella, oriunda de Murillo, un día junto a su esposo decidió dejar su pueblo para irse a pagar arriendo en medio del ostracismo, con sus perros, sus patos y sus gallinas, regentando un conato de tienda y alquilando a turistas, en su mayoría europeos, camastros a $20.000 la noche más alimentación. Turistas que llegan allá porque tanto en Murillo como en Manizales, se corre la voz de que desde la casa de esta señora se puede llegar a pie hasta las cada vez más escasas nieves del magistral Nevado del Ruíz, ese que en la mañana en que pasamos por su casa, parecía vernos con desdén, rodeado por su corona de nubes pasajeras que lo hacían ver incluso más resplandeciente bajo el cielo salpicado de azul.

En cantidades dispares, hay que decir que la vista del nevado justificó el camino hasta allí y lo que faltaba para regresar a Medellín. Para los tres que componíamos esta breve expedición de fin de semana, la ruta había iniciado con un entretenido entremés de curvas y clima amable, saliendo de la capital antioqueña rumbo al pueblito de postal que es Jardín, en el suroeste antioqueño, destino turístico de locales y foráneos al que para poder llegar, y como muchos saben, se debe transitar por una ruta de esas que inspiran libros de motociclismo y son fuente de ingresos para los productores de las bolsas para el mareo que se reparten en las flotas.

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No hay paso por este pintoresco pueblo paisa sin una parada para un tinto en las sillas de madera y cuero pintadas a mano con escenas campesinas y vívidos colores, los mismos que lucen las fachadas de las casas y negocios, dando a la plaza de este entable su característico aire de arcoíris que tantos admiradores le ha ganado a lo largo de los años. Tras una breve pausa y unas cuantas fotos de rigor con las modelos que nos acompañaban, una Versys X 250 y una casi virginal (por lo de recién desempacada), KTM Super Adventure S 1290, retomamos el camino hacia el municipio de Riosucio en el departamento de Caldas.

Para la mayoría de quienes visitan Jardín el viaje termina allí, unos optan por montar en el famoso cable no apto para delicados de corazón, otros no pierden pesca y almuerzo en la truchera, nosotros esta vez continuamos camino siguiendo una vereda que se abre paso en medio de la jungla que es el monte espeso que cubre el paso de cordillera, un camino escasamente transitado por una que otra chiva, usualmente tan colorida como Jardín, por uno que otro ciclista aventurero, local y extranjero y muchos menos carros. El tránsito es largo, pausado y como suele ser en los pasos de montaña, infestado de paisajes de esos que cortan el aliento y provocan amor por el planeta. Son aproximadamente 60 kilómetros de tierra afirmada, vacas vagabundas, un bosque mágico de eucaliptos y decenas de casitas que salpican las laderas de la cordillera hasta llegar a Riosucio, población en la que nos reencontramos con el asfalto y más curvas de antología y al que no veíamos la hora de llegar, no tanto por el camino sino por el desespero que traíamos de estar escuchando a través de los intercomunicadores la insoportable y constante inquisición del Mono que no podía dejar pasar una casa sin preguntar si ahí servían los chorizos que Fernández había prometido desde que salimos de Jardín.

Cruzamos la población caldense con el incesante repiqueteo de la voz de LuisGui preguntado por los condenados chorizos, y solo al salir de allí y rodar unas cuantas curvas, nos encontramos con un pequeño establecimiento, construido sobre unas vigas que lo sostienen sobre un voladero, con un horno, dos vitrinas y cuatro mesas de plástico, todo resguardado cuando la noche cae, por unas puertas organizadas con tejas de hojalata. Los chorizos, pero en particular la costilla en salsa BBQ, y las arepas de chócolo con quesillo fueron suficientes para saciar el hambre de todos y para que el Mono dejara la cantinela que traía, solo para reemplazarla por otra, sobre lo que fuera, y es que el hombre no es capaz de cerrar el pico y concentrarse en el manejo (esto no es necesariamente una queja).

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De “Dirty River” (autoría de Muñoz) salimos rumbo a Anserma, Risaralda (el pueblo), y Santagüeda,  para llegar al cruce Tres Puertas, en el que conectamos con la vía principal que une a Medellín con Manizales y que por estos días, y quien sabe por cuántos años por venir, está llena de pare y siga, merced a la construcción de la Autopista del Pacífico, esa que promete conectar a la costa pacífica con el interior del país en un suspiro, esa de las que hace parte de tanto escándalo de mordidas y serruchos, y otra más de esas carreteras que le dan a quien la transita lo exprés de la vida moderna a cambio de no tener más las curvas épicas de las viejas carreteras que se abren paso bordeando las montañas.

Afortunadamente después de tanto par y siga el tramo de llegada a la capital caldense con su doble calzada es bastante divertida a los mandos de una buena moto, y la Versys X, que me había sido asignada desde la parada en los chorizos, no desentonó para nada y “aguantó” hasta donde le dieron sus caballos, el paso de las KTM que por supuesto iban a media marcha. Siguiente parada en los termales de la vía hacia ¿???, pero como no había hospedaje, reculamos en un hotel concurrido por los camioneros que llevan y recogen material en la siderúrgica de Manizales y que como buen hotel de camionero que se precie, es limpio, decente, con espacio de sobra para parquear las modelos y a precio irrisorio. Igual hubo baño en termales gracias a que el hotel queda apenas a cinco minutos en taxi, de manera que el reposo a los huesos, con picadita y cervecillas estuvo a la orden del día.

El día siguiente era el día del viaje, y el Nevado del Ruíz era el culmen de este recorrido, una nube gris y una ligera llovizna además de un desayuno algo tardío apuntaban a que no habría tal vista, y aún así salimos desde la falduda Manizales rumbo al Parque Nacional Natural con los dedos cruzados.

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A medida que ascendíamos por la vía  hacia el alto de Letras, y que como tantas otras tiene más y más curvas de antología, infarto y demás, el día nos quiso regalar con pincelazos de cielo azul que nos devolvieron la esperanza de poder ver al señor Ruíz. Desde la desviación de la carretera principal hacia el interior de la montaña las nubes jugaban con nuestros ánimos deslizándose como fantasmas sobre nosotros, dejándonos ver a ratos sí y a otros no, las estribaciones de la mágica montaña tras la cual seguíamos el camino.

La cantinela del Mono en este punto era por el frío y ya no por el hambre, pero para su alivio, y el nuestro también, al salir de un recodo en el camino nos encontramos prácticamente de frente con el nevado, con lo que queda de él. Por un momento a Luis se le olvidó el frío y estuvo en función de organizar sus múltiples “gallos” para poder organizar foto y vídeo que registrara el momento. Esa función es como ver una gallina clueca corriendo de un lado a otro por el corral, por suerte para él, porque Fernández y el suscrito ya habíamos tomado suficientes fotos sin tanta alharaca, las nubes pasaron y pasaron y le dieron chance de tomar la foto y de guardar el vídeo, no solo en ese punto, sino en varios otros en los que el majestuoso pico se dejó ver con la despreocupación de quien sabe que es la estrella del día.

Lo mágico del Ruíz no es solo su cresta, las estribaciones de este pico son un enclave maravilloso de la naturaleza, cruda, fría e inclemente y aún así llena de vida y tesoros, a cada rato en el camino nos cruzamos con cascadas y paso de agua dulce y azufrada, esa que llena los termales tan visitados. El camino en este trayecto está lleno de baches cubiertos de agua, gracias a los que pudimos darle un baño de agua natural a LuisGui solo para escucharlo echar madres a través de los Intercom. En el destapado, como era de esperarse, las KTM, en especial la Adventure R 1190 que no iba de estrella, probaron estar sobradas en estos terrenos, la Kawa aguantó demostrando que su espíritu doble propósito va más allá de su apariencia, aunque obviamente no con la sobrades de las austriacas.

tras las huellas de la nieve

Así fue como llegamos a la casa de Ana, desde ahí nos faltaban todavía unos cuantos kilómetros de tierra, charcos para salpicar al Mono y muchas piedras, nos tocó un paso de agua en el que pudimos sacar unas buenas tomas, pasamos con calma por el cañón que formó la avalancha que cubriera a Armero en el 85, imaginando cómo habrá sido, cómo habrá sonado ese alud que arrasó con la vida de tantas personas y que dejó en la ladera de la montaña una cicatriz que seguramente perdurará hasta el final de los tiempos.

En Murillo volvimos al asfalto y a más curvas desafiantes, el tramo entre esta población y Líbano es como para una carrera de trepadores con unos ganchos ciegos y unos cambios de dirección de locura, de Líbano hasta Armero la carretera sigue siendo entretenida con el clima cada vez más cálido y amañador y de Armero en adelante… bueno, en términos de emoción digamos que la más fuerte está en no dejarse cazar por los radares escondidos de la Policía.

Daniel Velandia

A Daniel las motos le llegaron a la cuna cuando su viejo, en lo que hoy sería considerado el más estúpido acto de irresponsabilidad, lo cargaba cobijado entre la chaqueta para llevarlo de Ibagué a Bogotá sobre una Moto Guzzi o una BMW. De esos viajes quedó algo grabado en lo más profundo de su esencia, al punto que a pesar de haber empezado tarde con las motos, hace unos 16 años, ha dedicado su energía a sacarles el máximo provecho trabajando como probador para ensambladoras, redactor para varios medios del gremio y llegando al punto de embarcarse en un viaje en una Pulsar hasta la India, experiencia de la que resultó metido en el tema de enseñarle a otros lo aprendido y de seguir escribiendo sobre lo único que conoce: andar EnMoto.