Épica: Travesía Guajira 2

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La etapa del sexto día en el papel no implicaba gran cosa, no eran muchos kilómetros, no recuerdo cuántos pero en teoría estamos hablando de unas dos o tres horas por una vía normal. Dejando las dunas de Taroa y la costa del Caribe tomamos rumbo tierra adentro hacia la pequeña población de Nazaret, enclavada en las estribaciones de la sierra La Macuira, un oasis en medio de la península; el camino se abría paso serpenteante entre pequeños cactus y el infaltable trupillo.

Atrás quedó la inestabilidad de los pisos arenosos que fue reemplazada por la rigídez de una tierra seca y árida de la que se levantaba un polvo constante y particularmente molesto para quienes íbamos atrás, porque los “pro” de la punta, a estas alturas hacia tiempo se habían dedicado a rodar su propio rally ajenos a las tribulaciones que estaban pasando los de menos experiencia y habilidad sobre estos caminos. Los primeros kilómetros transcurrieron sin novedades ni en el frente ni en la retaguardia, no faltaron por supuesto los amagues de caída de más de uno ni tampoco las caídas que fueron más allá del amague, pero nada del otro mundo hasta que en una detención para solucionar un pinchazo de la XRE300 notamos que la otra pequeña del grupo, la Tornado 250 había dicho basta despedazando los rodamientos de la rueda trasera. A partir de ahí a “Conker” le figuró resignarse a proseguir el resto del camino en la cabina con “Pelusa”, “Pelusita” y el recital de vallenato ventiado que emanaba de los parlantes de la Toyota.

Habrá quienes estén de acuerdo y quienes no con lo que aquí se va a decir: que más allá del trillado Cabo de la Vela, de la nórdica Punta Gallinas, incluso de las súper-paradisíacas-destino-de-moda-no-te-las-puedes-perder-playas-de-Palomino, la aventura Guajira no está completa sin bajar por el lado este de la península.

El camino era un festín para poner en práctica el manejo en destapado, con baches constantes, cambios de rasante, curvas de muy baja adherencia por las pequeñas piedras, los infaltables saltos y uno que otro cruce de lecho de río seco que servía como para que ninguno se relajara con el tema de haber dejado la arena atrás. Sin embargo el paso de los kilómetros, las altas temperaturas, los kilos de más de algunas motos y el tener que ir concentrados al máximo, atentos a los peligros escondidos de un camino como este, empezaron a cobrar efecto sobre algunos de los expedicionarios para los que más allá de la novedad del paisaje y del descubrir nuevas tierras, la cosa había pasado a convertirse casi casi en el desafío de ser capaces de llegar, preferiblemente enteros. Si en la ida a Punta Gallinas habían insultado y peleado, renegando a los cuatro vientos, en este día la sensación era más de resignación mezclada con hastío y una muy buena dosis de que “ni por el put(biiip) me la voy a dejar ganar ni de esta moto, ni de esta tierra ni de todos estos pendejos con los que vengo, si estos patos llegan yo también”, puro espíritu motero de ese tan trillado y cliché que tanto pregonan en los muros del feisbuk.

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Nazaret es un pueblito macondiano, de casas estampadas la una a la otra bordeando calles solitarias de arena, un parque que alguien debió donar hace unos cuantos años y en el que juegan a ratos solo unos cuantos niños, una caseta como expendio de gasolina y una infaltable iglesia con párroco itinerante. Pero es por esa zona la ciudad del puesto de salud, con la farmacia “occidental”, con una tienda considerablemente bien surtida y, a la entrada, más o menos un kilómetro antes de las calles de arena, tiene un hotel con piscina, lo que para quienes iban rendidos sonaba a paraíso. Nazaret fue también el lugar en el que optamos por tratar de arreglar la Tornado para poder desocupar el volco de la camioneta, porque para entonces el ventilador de la F700 GS también había tronado pasando a ser paciente prioritario.

¿Cuáles son las probabilidades de encontrar los rodamientos de una Honda Tornado en la pu(biiip) mier(biiip)? Más de uno apostaba a que eran de cero, y sin embargo el bueno de Pelusa encontró unos rodamientos cualquiera que pudieron adaptarse a la manzana de la Tornado con lo que esta volvió a las andanzas cediéndole el espacio a la F, Conker volvería también a su moto y Franco pasaba a la maratón de antología vallenatera en la cabina con Pelusa y Pelusita.

Para cuando se terminaron las obras de ajuste y reparación de ambas motos, la hora del día desaconsejaba continuar el camino porque entre otras cosas, según decían los que sabían, lo que se venía de ahí en adelante era arena difícil y retrechera. Razones por las que optamos por pernoctar en inmediacones a la piscina, con la prebenda además de que luego de tres noches de chinchorro, volveríamos nuevamente a disfrutar de la opción de dormir enteramente de cúbito dorsal, lo que para no pocos fue todo un aliciente.

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Para entrar a y salir de Nazaret el camino firme del principio del día anterior vuelve a ceder el paso a la arena que no se alza ya en dunas a las que se les entra como en Jet Ski, sino en largas extensiones pálidas que se abren paso entre un bosque espeso de árboles delgados pero muy cercanos el uno al otro. Es como rodar entre un bosque encantado en el que en lugar de gnomos y criaturas fantásticas asomándose por entre los arbustos, son indígenas wayuu, adultos y niños los que aparecen en el más insospechado de los lugares, atraídos por el bramar de los motores que retumban atronadores rompiendo el silencio de una zona en la que lo más común es el zumbar de los pequeños motores de las 125 y 150 chinas usadas por los locales más afortunados.

La salida de Nazareth fue mucho más amable que la entrada, al menos en los primeros kilómetros en parte gracias al descanso que a muchos mimados les dio el dormir en cama en vez de chinchorro, en parte porque durante la noche cayó una lluvia suave pero constante que dejó la arena en un punto perfecto en el que estaba compacta sin llegar a convertirse en pantanero.

Rodar por esos senderos, en medio de semejante verde profundo, con el cruce constante de pequeños arroyos es una experiencia de esas que emulsionan el espíritu del motociclista, de esas escenas que no se olvidan en la existencia, y como siempre habrá unos recuerdos que queden más grabados que otros, como cuando la K50 de Destroyer en un punto, a no mucho de haber iniciado la jornada, se quedó con el manubrio pegado únicamente gracias a los cables de los comandos pasando a ser uno de esos casos de estudio para algunos y de mofa para la mayoría a través de la Internet. Gracias a esto la F 700 volvió a la acción para ceder su lugar a la caída en acción.

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Con el paso de los kilómetros y de las horas del día la cosa de ser tan paisajística e ideal para volverse más cruda y agotadora. La arena se volvió una constante ya no compacta sino en su estado de inestabilidad natural, el agotamiento acumulado en el cuerpo llevaba los ánimos al extremo para muchos, los rápidos debían esperar a los lentos y los lentos hacían lo que podían por mantenerse en pie, de cualquier manera a todos nos iba pasando factura el kilometraje. Si en el sexto día habíamos comido rila, el séptimo nos servía un opíparo y recargado plato de lo mismo, apenas para la última etapa en la Alta Guajira la de más kilómetros por recorrer, la de llevar al límite la capacidad de cada uno.

El momento más álgido de ese día llegó cuando nos detuvimos a descansar en una escuelita que básicamente eran dos cuartos cerrados con un patio techado en el que a duras penas cabíamos todos juntos. Los de adelante no estaban de muy buenas pulgas con los de atrás por el ritmo que marcaban, a los de atrás eso como que les entraba por un oído y les salía por el otro porque para ellos lo importante era llegar completos a Rioacha, para entonces ya se habían realizado unos cuantos cambios de tripulación pasándose algunos de las motos más pesadas a otras más ligeras en un intento por aligerar la carga a quienes iban más cansados, aunque no faltó el patán que no aceptó cambiar de moto para ayudar a otro por razones puramente egoístas, en un viaje como este cada uno pela el cobre como realmente es cuando las circunstancias lo obligan.

Tras el descanso en la escuelita retomamos el camino hacia Uribia con la advertencia de Pelusa de que más adelante encontraríamos una recta, justo al pasar el cerro La Teta, que era toda de una arena profunda que hasta a las Toyotas les costaba trabajo pasar, por lo que debíamos buscar los senderos a los lados para no terminar de reventarnos, eso sí, ahí había que cuidarse de los cardos y sus puntas que fácilmente pueden perforar una llanta. Resultó que el Pelusa tenía toda la razón, y esos últimos kilómetros hasta Uribia fueron con seguridad los más difíciles para algunos, los más divertidos para otros.

La procesión de motos caídas se extendió largamente y casi hasta la entrada al congestionado municipio guajiro al que llegamos cuando quedaban apenas los últimos rayos de sol. Pero al momento de llegar todos completos, las caras que hacía apenas instantes reflejaban solo agotamiento y desazón, habían cambiado para ser las de personas que se habían vencido a sí mismos, que se habían demostrado de lo que eran capaces ante las adversidades del camino llevándose a límites nuevos. Habían salido victoriosos de esa prueba hombre/máquina y si bien en ese momento lo único que se les antojaba era un baño y una hamburguesa que les hiciera olvidar el sabor del chivo de los últimos días, ya para todos, para cada uno a su manera, la sensación del deber cumplido y del reto enfrentado y coronado era la más satisfactoria de todas las que pudieran embargarles en ese momento.

Entrada la noche emprendimos el camino asfaltado que separa la bullosa Uribia de Rioacha, en procura del baño y la hamburguesa, aunque no en ese orden precisamente, lo que supuso un espectáculo más que curioso para quienes vieron circular por los pulcros pasajes del centro comercial a los 22 cerdos empolvados, mugrososos y ruidosos en procura de algo de comer.

A la mañana siguiente las obligaciones de unos y los deseos de otros empezaron a disgregar el grupo que terminaría regresando a la capital antioqueña distribuido en pequeñas tandas, cada uno volvió a la certidumbre de su lugar y de las tareas cotidianas, pero cada uno a su medida ligeramente cambiado, con la satisfacción de haber ido y haber regresado, de haber comido toda la rila que se pudo haber comido, pero con las ganas también de volver a probarla en un futuro. Porque al fin y al cabo no hay motociclista viajero que no lleve algo de masoquista por dentro también.

 

 

 

 

 

 

 

Daniel Velandia

A Daniel las motos le llegaron a la cuna cuando su viejo, en lo que hoy sería considerado el más estúpido acto de irresponsabilidad, lo cargaba cobijado entre la chaqueta para llevarlo de Ibagué a Bogotá sobre una Moto Guzzi o una BMW. De esos viajes quedó algo grabado en lo más profundo de su esencia, al punto que a pesar de haber empezado tarde con las motos, hace unos 16 años, ha dedicado su energía a sacarles el máximo provecho trabajando como probador para ensambladoras, redactor para varios medios del gremio y llegando al punto de embarcarse en un viaje en una Pulsar hasta la India, experiencia de la que resultó metido en el tema de enseñarle a otros lo aprendido y de seguir escribiendo sobre lo único que conoce: andar EnMoto.