Épica: La Macarena , más allá de Cristales Parte 2

Su sonido, a veces murmullo, otras como un trueno ensordecedor, resonaba omnipresente a cada paso que dábamos. ¿De dónde sale toda esa agua? En las clases de biología enseñan que el agua se forma en los manantiales de la alta montaña, pero por acá al levantar la mirada lo único que se ve son árboles y árboles, ni un solo pico alto, y sin embargo la cantidad de líquido que brota desde las entrañas de la Serranía de la Macarena es increíble y maravillosa a la vez.

Quien crea en las energías de la Pachamama tiene que venir aquí al menos una vez en su vida, y con seguridad no será la única, el agua se abre paso por entre la espesura de la selva, tallando la roca con la paciencia de quien sabe que tiene la eternidad para sí misma, una gota a la vez, formando estanques de líquido fresco y revitalizante, impregnando cada centímetro con su esencia, esa esencia de vida tan promocionada en los comerciales del agua fresca que venden en botellas y que no se parece a esta. Y bajo su superficie más magia natural, materializada en miles de millones de partículas que unidas unas a otras tejen fantásticos tapetes de algas aferradas apenas por hilos a las rocas y que danzan al vaivén del agua que las nutre. Las cascadas que tallan la piedra por estos lados no serán las más altas pero son espectaculares, tanto que los ojos en principio no dan crédito a lo que ven. Subes y subes por la serranía, y más y más encuentras lugares encantadores, tan es así que gracias al dron del Mono los guías se dieron cuenta que mucho más arriba de donde estábamos habían otras cataratas de las que nunca antes habían sabido. Más territorio para explorar, si es que las petroleras y sus fieles amigos políticos corruptos no acaban antes con todo esto.

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Tras una mañana dedicada a recargar energías en este paraíso, volvimos al “complejo hotelero” en el que habíamos pasado la noche, para cambiarnos y alistarnos de cara a un nuevo recorrido en las motos, corto en kilómetros, las distancias de caño a caño no son nada del otro mundo, apenas unos veinte kilómetros si mucho, pero enorme en aventura según presagiaba una vez más Argemiro, pues hay días en los que se necesitan largas horas para completar el trayecto. ¿Será que ese día si nos iba a tocar algo de aquello tan publicitado?

Entretenido sí estuvo el camino, con algunos pasajes medianamente complicados y aún así varios perdimos ese día el invicto con las caídas, unos con aterrizajes más estúpidos que otros, y eso que el paso fue bastante lento cortesía de algunos de los más novatos que iban como tortugas. En un tramo parecíamos dejar atrás la espesura del monte para entrar al llano, pero en realidad se trataba, como cosa rara, de la mano del hombre que en aquella zona se había dedicado a talar los bosques casi hasta donde llegaba la vista, lo único “positivo” si es que cabe el término, es que con el terreno despejado pudimos hacernos una mejor idea de la topografía de la serranía con todos sus cambios de inclinación y altura, eso sí, por ninguna parte se veían altos picos de esos en los que supuestamente nacen las cuencas hídricas. En medio de este tramo casi yermo, llegamos a un nuevo peaje comunitario en el que nos obligaron a esperar un largo rato, tal vez como parte de una estrategia del dueño de la tienda que estaba justo ahí. Cuando ellos quisieron darnos permiso continuamos hasta Siete Machos donde nos esperaban en una casa finca de lo más organizada y donde pasamos lo que quedaba del día, algunos hacendosos dedicados a lavar sus ropas pestilentes, otros buena vida tirados en un chinchorro, Fernández y su séquito tratando de encontrar la causa del fallo de su Adventure R que venía trabajando al parecer con un solo cilindro y otros por ahí dándose un adelanto de lo que vendría a la mañana siguiente visitando los charcos más cercanos a la finca. El cierre de ese día no podía haber sido mejor, con una magnífica fogata, un asado llanero y las no tan gratificantes pero necesarias de escuchar, historias de los lugareños que aprovecharon para contarnos de los tiempos de violencia, de su transición a estos de paz frágil y corrupta y de cómo esperan poder encontrar en el turismo y la ganadería nuevas formas de sustento.

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Siete Machos fue el último de los caños que visitaríamos, y como los anteriores no defraudó en absoluto. Piscinas, fuentes, cascadas que se suceden una tras otra, como debe ser en un digno manantial de vida que remata en una laguna fresca, larga y oscura que ojalá fuera inacabable; dan ganas de que más personas tuvieran acceso a esta tierra tan encantadora, por el simple hecho de que puedan disfrutar de todo esto y en parte también porque esto beneficiaría enormemente a las personas que tras los tiempos de los cultivos de coca ahora buscan formas de ganarse la vida, siendo el turismo una de las actividades potencialmente más interesantes para ellos, sin embargo con esta facilidad que tenemos los seres humanos de acabar con todo, y con el interés que tienen las petroleras de meterse allá, lo cierto es que el futuro de este paraíso selvático y sus habitantes no pinta muy halagüeño.

De los últimos veinte y punta de kilómetros que nos faltaban para recorrer en moto ese día y salir de la parte de la serranía por la que nos habíamos adentrado, ni la mitad fueron realmente pesados y aún así ese día sí vimos rostros de cansancio, ojos desorbitados, cuerpos excesivamente sudorosos y ánimos más bien alterados. Y eso que no llovió. En esa salida hasta los más expertos, de esos que suscitan la admiración en redes sociales por sus hazañas sobre dos ruedas, allá fueron a dar de bruces contra el planeta, y no en pocas ocasiones; la parte más complicada fue el último tramo antes de llegar al río Guayabero, la experiencia se puso dura, los pasos fueron cada vez más difíciles, las zanjas más profundas y el reto más exigente. Hubo dos víctimas de golpe de calor, mucho sudor dejado en el barro, deshidratación, muchas motos para levantar y varias de ellas con más de doscientos kilos en la báscula, pero al final llegamos todos enteros al cruce en ferri. Cruzamos el río en dos tandas y luego siguieron uno quince minutos más de marcha por un camino muy entretenido hasta llegar a la famosísima población La Macarena, donde como en un reality, pasamos de playa baja a playa alta, con piscinita, buena comida, buen colchón y buen descanso.

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Día siguiente, algo más limpios, no tan malolientes y algunos “pinchados” con sus motos lavadas, partimos de La Macarena hacia la tristemente célebre ciudad de San Vicente del Cagüán, fueron unos 175 kilómetros más o menos que empezaron con un camino de esos que amamos los enamorados del destapado, con curvas rápidas, constantes ascensos y descensos suaves, intempestivos cambios de dirección hacia un lado o hacia el otro, todo enmarcado en una postal llanera de tierras ocre verdosas que, como toda esta zona, carga consigo la indescriptible belleza de la región y el pesado bagaje de una violencia tan tradicional como innecesaria y flagelante. Si quiera los que iban adelante pudieron darse el gusto de disfrutar como debe ser este tramo, porque en la cola del pelotón el promedio de velocidad fue de 36km/h, cortesía de “Wii” el francés bisoño, que a ratos fue escoltado por Leslie, otros por Thomas y otros por mí.

La segunda parte del camino fue aún mucho mejor porque a la planicie le siguió una seguidilla de pequeñas colinas que hicieron el tránsito mucho más entretenido, y como al franchute se le había despachado antes, mientras los otros se hidrataban en un pequeño caserío, el ritmo para los de atrás mejoró considerablemente. Por supuesto no faltaron una vez más los peajes comunitarios, un amague de secuestro, según lo vieron algunos, cuando unos señores en un desvencijado Land Rover Santana con las ventanas traseras sospechosamente cubiertas, se detuvieron a tomar fotos del grupo durante una de las paradas, mientras conversaban ávidamente por el celular, lo que varios consideraron como un digno reporte de coordenadas. Pero del amague solo quedó la suspicacia. Hubo motos para atender en medio del camino,  la Tiger a la que se le dañó el guardabarros delantero, otras a las que sacar de entre una cerca eléctrica, la de quien esto escribe que por andar pensando en los huevos de la gallina se siguió de largo en una curva, pero a la que se le fue más hondo fue a la F800 de Chomba que poco después de la parada con el visaje de secuestro, terminó haciendo un 180 horizontal luego de que el hombre, en franca demostración de sus habilidades conductivas, lograra esquivar por un pelo a dos locales que se le fueron de frente en su motico invadiendo su línea en plena curva. Todo parece indicar, según las pesquisas realizadas más tarde, que la causa del embeleso de los lugareños se debió a que justo delante de Chomba iban los pimpollitos Elmo y Alicia y que esta última (que aquí entre nos acaba de salir en Soho), iba, cuando se cruzaron con los de la motico, sin el casco y con su espectacular cabello negro al viento, moviéndolo en cámara lenta al mejor estilo de los comerciales de Konzeil. Afortunadamente Chomba logró evitar el choque frontal que habría tenido consecuencias ciertamente mucho más graves, pero no le dio para salvar el lugar que tenía en el podio de los hasta entonces invictos.

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La llegada a San Vicente marcó el fin del asfalto con la consiguiente tristeza para la mayoría y alivio del francés. Almuerzo local, calibrada de aire a la salida de la ciudad y a apretar el yoyo que faltaban todavía otros ciento y punta de kilómetros hasta llegar a Florencia, Caquetá. A esta capital, ubicada en el pie de monte de la cordillera, llegamos ya entrada la noche a un hotel que semejaba en todo su estilo, a una vieja casa de traqueto, con rejas en las rejas, escaleras en pasadizos, cuartos oscuros y demás, la comida estuvo a la altura del lugar por lo regular de su sazón, pero al menos el lugar sirvió para descansar los huesos esa noche. A la mañana siguiente, muy impuntuales como siempre, salimos rumbo a Villavieja en el Huila, por la carretera que comunica ambos departamentos y que se abre paso cuesta arriba por la cordillera en medio de una espesa selva fría y húmeda.  La entrada al departamento del Huila es, como siempre, un festín para el motociclista que ama las curvas y los buenos paisajes, bordeando la infame represa del Timbo y más tarde la de Betania, pasamos por Gigante y su gigantesca y centenaria Ceiba, continuamos rumbo a la capital huilense donde nos esperaba una hamburguesa… en un centro comercial (no me pregunten por qué eso y no un típico asado huilense en un buen restaurante de por allí, decisiones arbitrarias del amo y señor Fernández), pero cuál no sería la sorpresa de quienes veníamos detrás cuando nos encontramos con una de esas escenas que hielan la sangre de cualquier motociclista: una mula atravesada en la vía y una moto tirada en el piso.

Antes de que salgan a rasgarse las vestiduras en los comentarios y de que pasen al patíbulo al señor conductor del camión, es menester aclarar que en esta ocasión el porrazo de la Tiger y su usuario célebremente conocido como Abogado Geek, se debió más a un exceso de este que a una imprudencia del camionero. La Triumph quedó con el rin y los discos de freno delanteros como calaos de panadería bogotana, así y todo, el abogado en medio de la traba de adrenalina que le propinó el susto, fue capaz de llevar su moto los casi 100 kilómetros que faltaban hasta el centro comercial, almorzar con el resto del grupo, pedir la grúa y esperar el carro del seguro que le habría de llevar a casa, todo con su clavícula derecha fracturada.

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Aquella noche la expedición puso fin con una interesante pero algo somnolienta charla sobre astronomía en el observatorio del desierto de la Tatacoa, llena de nombres destinados a perderse en la nebulosa del olvido de unos motociclistas que a duras penas tienen neuronas para saber cómo usar sus motos, la siguiente mañana vio como buena parte del grupo, motivados en parte por el cansancio, en parte por el “olor” de la casa que estaba a unas cuantas horas de camino, salía antes del sol para irse en viaje expreso hasta Medellín, la otra parte salió con más calma rumbo a Mariquita desde donde seguirían luego a través del parque de los nevados para ir a Manizales y luego a la capital antioqueña. El paso por el desierto huilense no fue benigno con la KTM Adventure R que volvió a requerir de cuidados en el camino, esta vez por una falla en el embrague que afortunadamente se logró solventar con relativa sencillez gracias a los conocimientos mecánicos de parte de la comitiva, una vez fuera de la tierra y de nuevo en el asfalto, el regreso fue más trámite que aventura, pero como siempre, lo que cuenta no es ir de un punto a otro, sino el vivir el camino, y puesto así, pues que se deje venir este Xperience las veces que sean, que siempre valdrá la pena ser vivido.

 

Daniel Velandia

A Daniel las motos le llegaron a la cuna cuando su viejo, en lo que hoy sería considerado el más estúpido acto de irresponsabilidad, lo cargaba cobijado entre la chaqueta para llevarlo de Ibagué a Bogotá sobre una Moto Guzzi o una BMW. De esos viajes quedó algo grabado en lo más profundo de su esencia, al punto que a pesar de haber empezado tarde con las motos, hace unos 16 años, ha dedicado su energía a sacarles el máximo provecho trabajando como probador para ensambladoras, redactor para varios medios del gremio y llegando al punto de embarcarse en un viaje en una Pulsar hasta la India, experiencia de la que resultó metido en el tema de enseñarle a otros lo aprendido y de seguir escribiendo sobre lo único que conoce: andar EnMoto.